El
mecanismo básico que funciona tras el deseo de tratar siempre de hacer las
cosas lo mejor posible es la motivación
e interés que tenga la persona en determinada situación o actividad; si estas no están presente nuestros sentidos
están totalmente cerrados, por lo general el ser humano responde de manera
significativa cuando se encuentran involucrados sus interés y motivaciones. El
estado de ánimo es un factor muy importante en el desempeño y rendimiento de
las personas.
Es
saludable promover el deseo de competitividad en los niños y jóvenes ya que
esto les permite la formación del carácter integral y el desarrollo de su personalidad. Lo importante es enseñarles que
no siempre se gana, pero siempre se debe luchar, buscando resolver cualquier
obstáculo que pudiera surgir para llevar a cabo su tarea con éxito, siempre dar
nuestro límite superior. Aprender que podemos vernos beneficiados al ganar y al perder ya que de ambas
experiencias siempre habrá un aprendizaje significativo el cual les dará mayor
fortaleza al desarrollo integro de su
carácter y personalidad.
Cuando
se tienen altos niveles de autoexigencia
se producen estándares de funcionamientos altos y rígidos. Es importante
mantener niveles de competitividad y exigencia personal relativa o
moderadamente altos para ser competentes, cuando los niveles son irracionales,
demasiados altos e inalcanzables producen sentimientos de ineficacia y la
imposibilidad de controlar la situación producirá estrés y ansiedad, los que a
su vez afectarán el rendimiento alejando cada vez más a la persona de la meta.
Se
puede convertir en un problema cuando los jóvenes carecen de buena autoestima y
al estar en situaciones de competitividad puede producir mucha incertidumbre,
ansiedad y llenarse de altas
expectativas personales y familiares las cuales pueden producir frustración y
decepción. Debe existir un equilibrio en el ser humano que le permita manejar
sus emociones, las relaciones y la vida misma.
Cuando
la persona deja de ver la experiencia de competencia como una oportunidad de
crecimiento personal saludable y se convierte en frustración, obsesión, solamente apunta a lastimar la autoestima,
autoconcepto y autoimagen pilares básicos para el desarrollo de un buen ego.
La
cultura en que nos desarrollamos hoy en día nos ha enseñado a lastimarnos cada
vez que nos equivocamos, perdemos el rumbo o no alcanzamos las metas
personales. Vivimos en u n mundo de presión social, en el mundo de los “debo” o
“deberías”.
Ciertos
adultos tienden a presionar a los niños para que sean los mejores en todo lo
que hacen, en especial, en la escuela y en sus prácticas deportivas. Semejante
sobre exigencia suele traer aparejados efectos secundarios no deseados.
Los
padres deben tener claro al educar a sus hijos que una nota baja (o no tan alta) no es una
catástrofe, sino una dificultad a afrontar (como tantas que encontraremos en
nuestro futuro). Hoy en día, veo a muchos adultos que sobre exigen a sus hijos
en la escuela, en el deporte o en la actividad extra que practican, buscando
que sean los más exitosos. También fomentan una competitividad exacerbada en
relación con otros niños y los comparan permanentemente (¿ves que Ricardito
siempre hace esto mejor que tú?). Otros los mantienen hiper ocupados
constantemente (con cursos varios) y no les dejan tiempo libre, necesario para
jugar o para descansar. Ambas posturas suelen dar resultados
contraproducentes que pueden llegar a generar enfermedades o trastornos de
aprendizaje o de conducta (ansiedad, depresión, etc.)
Debemos
enseñarles a nuestros jóvenes a disfrutar de las competencias y de la
oportunidad de aprendizaje que conlleva esta experiencia. Tener claro que lo
más importante no es ser el mejor estudiante, mejor deportista o mejor hijo, sino
intentarlo de manera honesta, dando lo mejor de sí, disfrutando mientras
se llega a la meta. Las personas que hacen el éxito un valor, que son
extremadamente competitivas, rígidas, siempre tendrán sensación de
insuficiencia.
Es
lógico querer que un hijo o una hija se destaquen y nos hagan sentir
orgullosos. También es muy válido querer que ellos estudien y aprendan lo más
posible en la escuela. Pero no existen los hijos perfectos, así como tampoco
hay padres perfectos. Detectar sus necesidades, sus capacidades y sus deseos
contribuirá enormemente a criar futuros adultos felices, plenos y realizados.
Las
distinciones honorificas juegan un papel importante ya que son el
reconocimiento del esfuerzo del estudiante y a la vez se convierte en un
reforzador para que este se sienta con la autoestima más alta y desee mejorar
cada día más y desarrollar su máxima capacidad.
La Inteligencia Emocional se basa en “La capacidad de reconocer
nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las
emociones en nosotros mismos y en las relaciones interpersonales que
establecemos”.
Para triunfar importa más la Inteligencia Emocional que la Racional. Nuestras decisiones y las acciones que llevamos a cabo, dependen tanto de nuestros pensamientos como de los sentimientos que albergamos.
El
mecanismo básico que funciona tras el deseo de tratar siempre de hacer las
cosas lo mejor posible es la motivación
e interés que tenga la persona en determinada situación o actividad; si estas no están presente nuestros sentidos
están totalmente cerrados, por lo general el ser humano responde de manera
significativa cuando se encuentran involucrados sus interés y motivaciones. El
estado de ánimo es un factor muy importante en el desempeño y rendimiento de
las personas.
Es
saludable promover el deseo de competitividad en los niños y jóvenes ya que
esto les permite la formación del carácter integral y el desarrollo de su personalidad. Lo importante es enseñarles que
no siempre se gana, pero siempre se debe luchar, buscando resolver cualquier
obstáculo que pudiera surgir para llevar a cabo su tarea con éxito, siempre dar
nuestro límite superior. Aprender que podemos vernos beneficiados al ganar y al perder ya que de ambas
experiencias siempre habrá un aprendizaje significativo el cual les dará mayor
fortaleza al desarrollo integro de su
carácter y personalidad.
Cuando
se tienen altos niveles de autoexigencia
se producen estándares de funcionamientos altos y rígidos. Es importante
mantener niveles de competitividad y exigencia personal relativa o
moderadamente altos para ser competentes, cuando los niveles son irracionales,
demasiados altos e inalcanzables producen sentimientos de ineficacia y la
imposibilidad de controlar la situación producirá estrés y ansiedad, los que a
su vez afectarán el rendimiento alejando cada vez más a la persona de la meta.
Se
puede convertir en un problema cuando los jóvenes carecen de buena autoestima y
al estar en situaciones de competitividad puede producir mucha incertidumbre,
ansiedad y llenarse de altas
expectativas personales y familiares las cuales pueden producir frustración y
decepción. Debe existir un equilibrio en el ser humano que le permita manejar
sus emociones, las relaciones y la vida misma.
Cuando
la persona deja de ver la experiencia de competencia como una oportunidad de
crecimiento personal saludable y se convierte en frustración, obsesión, solamente apunta a lastimar la autoestima,
autoconcepto y autoimagen pilares básicos para el desarrollo de un buen ego.
La
cultura en que nos desarrollamos hoy en día nos ha enseñado a lastimarnos cada
vez que nos equivocamos, perdemos el rumbo o no alcanzamos las metas
personales. Vivimos en u n mundo de presión social, en el mundo de los “debo” o
“deberías”.
Ciertos
adultos tienden a presionar a los niños para que sean los mejores en todo lo
que hacen, en especial, en la escuela y en sus prácticas deportivas. Semejante
sobre exigencia suele traer aparejados efectos secundarios no deseados.
Los
padres deben tener claro al educar a sus hijos que una nota baja (o no tan alta) no es una
catástrofe, sino una dificultad a afrontar (como tantas que encontraremos en
nuestro futuro). Hoy en día, veo a muchos adultos que sobre exigen a sus hijos
en la escuela, en el deporte o en la actividad extra que practican, buscando
que sean los más exitosos. También fomentan una competitividad exacerbada en
relación con otros niños y los comparan permanentemente (¿ves que Ricardito
siempre hace esto mejor que tú?). Otros los mantienen hiper ocupados
constantemente (con cursos varios) y no les dejan tiempo libre, necesario para
jugar o para descansar. Ambas posturas suelen dar resultados
contraproducentes que pueden llegar a generar enfermedades o trastornos de
aprendizaje o de conducta (ansiedad, depresión, etc.)
Debemos
enseñarles a nuestros jóvenes a disfrutar de las competencias y de la
oportunidad de aprendizaje que conlleva esta experiencia. Tener claro que lo
más importante no es ser el mejor estudiante, mejor deportista o mejor hijo, sino
intentarlo de manera honesta, dando lo mejor de sí, disfrutando mientras
se llega a la meta. Las personas que hacen el éxito un valor, que son
extremadamente competitivas, rígidas, siempre tendrán sensación de
insuficiencia.
Es
lógico querer que un hijo o una hija se destaquen y nos hagan sentir
orgullosos. También es muy válido querer que ellos estudien y aprendan lo más
posible en la escuela. Pero no existen los hijos perfectos, así como tampoco
hay padres perfectos. Detectar sus necesidades, sus capacidades y sus deseos
contribuirá enormemente a criar futuros adultos felices, plenos y realizados.
Las
distinciones honorificas juegan un papel importante ya que son el
reconocimiento del esfuerzo del estudiante y a la vez se convierte en un
reforzador para que este se sienta con la autoestima más alta y desee mejorar
cada día más y desarrollar su máxima capacidad.
La Inteligencia Emocional se basa en “La capacidad de reconocer
nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las
emociones en nosotros mismos y en las relaciones interpersonales que
establecemos”.
Para triunfar importa más la Inteligencia Emocional que la Racional. Nuestras decisiones y las acciones que llevamos a cabo, dependen tanto de nuestros pensamientos como de los sentimientos que albergamos.
Para triunfar importa más la Inteligencia Emocional que la Racional. Nuestras decisiones y las acciones que llevamos a cabo, dependen tanto de nuestros pensamientos como de los sentimientos que albergamos.
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