lunes, 3 de septiembre de 2012

La Inteligencia Emocional y Nuestros Hijos


El mecanismo básico que funciona tras el deseo de tratar siempre de hacer las cosas lo mejor posible es la motivación e interés que tenga la persona en determinada situación o actividad; si estas no están presente nuestros sentidos están totalmente cerrados, por lo general el ser humano responde de manera significativa cuando se encuentran involucrados sus interés y motivaciones. El estado de ánimo es un factor muy importante en el desempeño y rendimiento de las personas.

Es saludable promover el deseo de competitividad en los niños y jóvenes ya que esto les permite la formación del carácter integral y el desarrollo de su personalidad. Lo importante es enseñarles que no siempre se gana, pero siempre se debe luchar, buscando resolver cualquier obstáculo que pudiera surgir para llevar a cabo su tarea con éxito, siempre dar nuestro límite superior. Aprender que podemos vernos beneficiados al ganar y al perder ya que de ambas experiencias siempre habrá un aprendizaje significativo el cual les dará mayor fortaleza al  desarrollo integro de su carácter y personalidad.

Cuando se tienen altos niveles de autoexigencia  se producen estándares de funcionamientos altos y rígidos. Es importante mantener niveles de competitividad y exigencia personal relativa o moderadamente altos para ser competentes, cuando los niveles son irracionales, demasiados altos e inalcanzables producen sentimientos de ineficacia y la imposibilidad de controlar la situación producirá estrés y ansiedad, los que a su vez afectarán el rendimiento alejando cada vez más a la persona de la meta.

Se puede convertir en un problema cuando los jóvenes carecen de buena autoestima y al estar en situaciones de competitividad puede producir mucha incertidumbre, ansiedad y  llenarse de altas expectativas personales y familiares las cuales pueden producir frustración y decepción. Debe existir un equilibrio en el ser humano que le permita manejar sus emociones, las relaciones y la vida misma.

Cuando la persona deja de ver la experiencia de competencia como una oportunidad de crecimiento personal saludable y se convierte en frustración, obsesión, solamente apunta a lastimar la autoestima, autoconcepto y autoimagen pilares básicos para el desarrollo de un buen ego.

La cultura en que nos desarrollamos hoy en día nos ha enseñado a lastimarnos cada vez que nos equivocamos, perdemos el rumbo o no alcanzamos las metas personales. Vivimos en u n mundo de presión social, en el mundo de los “debo” o “deberías”.

Ciertos adultos tienden a presionar a los niños para que sean los mejores en todo lo que hacen, en especial, en la escuela y en sus prácticas deportivas. Semejante sobre exigencia suele traer aparejados efectos secundarios no deseados.

Los padres deben tener claro al educar a sus hijos que  una nota baja (o no tan alta) no es una catástrofe, sino una dificultad a afrontar (como tantas que encontraremos en nuestro futuro). Hoy en día, veo a muchos adultos que sobre exigen a sus hijos en la escuela, en el deporte o en la actividad extra que practican, buscando que sean los más exitosos. También fomentan una competitividad exacerbada en relación con otros niños y los comparan permanentemente (¿ves que Ricardito siempre hace esto mejor que tú?). Otros los mantienen hiper ocupados constantemente (con cursos varios) y no les dejan tiempo libre, necesario para jugar o para descansar. Ambas posturas  suelen dar resultados contraproducentes que pueden llegar a generar enfermedades o trastornos de aprendizaje o de conducta (ansiedad, depresión, etc.)

Debemos enseñarles a nuestros jóvenes a disfrutar de las competencias y de la oportunidad de aprendizaje que conlleva esta experiencia. Tener claro que lo más importante no es ser el mejor estudiante, mejor deportista o mejor hijo, sino  intentarlo de manera honesta, dando lo mejor de sí, disfrutando mientras se llega a la meta. Las personas que hacen el éxito un valor, que son extremadamente competitivas, rígidas, siempre tendrán sensación de insuficiencia.

Es lógico querer que un hijo o una hija se destaquen y nos hagan sentir orgullosos. También es muy válido querer que ellos estudien y aprendan lo más posible en la escuela. Pero no existen los hijos perfectos, así como tampoco hay padres perfectos. Detectar sus necesidades, sus capacidades y sus deseos contribuirá enormemente a criar futuros adultos felices, plenos y realizados.

Las distinciones honorificas juegan un papel importante ya que son el reconocimiento del esfuerzo del estudiante y a la vez se convierte en un reforzador para que este se sienta con la autoestima más alta y desee mejorar cada día más y desarrollar su máxima capacidad.

La Inteligencia Emocional  se basa en “La capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los ajenos, de motivarnos y de manejar bien las emociones en nosotros mismos y en las relaciones interpersonales que establecemos”.

Para triunfar importa más la Inteligencia Emocional que la Racional. Nuestras decisiones y las acciones que llevamos a cabo, dependen tanto de nuestros pensamientos como de los sentimientos que albergamos.




 

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